Terrorismo extremo

15/Ago/2014

Infobae, Gustavo Gorriz

Terrorismo extremo

Confirmando por qué
fueron tapa hace unas semanas de la revista Newsweek, con el bien ganado título
de “La cara más cruel del terror”, este lunes pasado murieron más de cien
civiles y un número no determinado de soldados en los graves emfrentamientos
con los insurgentes takfiríes en el noreste del estado de Borno, en Nigeria.
Los terroristas llevan una semana con el control total de la ciudad de Gwoza y
el ejército no ha logrado desalojarlos ni siquiera con apoyo aéreo.

Cientos de ataques y
miles de muertes, desprovistas de un mínimo sentido lógico, coloca a estos
asesinos en los límites superiores de la locura y del fanatismo, y ubica a
Nigeria como un Estado en riesgo constante, con infinitos claroscuros, en una
sociedad que se debate entre el miedo y la esperanza de un futuro promisorio.

Debe ser difícil
comprender la realidad de este país africano desde la Argentina, habida cuenta
de que aquí, con mínimas diferencias solo de orden político e ideológico, hay
familiares que se ignoran, amigos que se distancian y la intolerancia de unos
con otros llega a límites que rozan lo patético.

Mirar a Nigeria, aun de
manera superficial, permite entender qué ocurre donde ronda la muerte, donde se
vive el desprecio por el otro y donde se convive con el terrorismo extremo.
Allí, las diferencias no son políticas sino ancestrales, religiosas e
idiomáticas. La complejidad de la situación hace casi imposible vislumbrar, a
la fecha, una solución aceptable.

Nigeria, país que creo
conocemos más por el simpático arquero que enfrentamos en el Mundial y que
temía por los aprestos de Messi en el entretiempo, es un muy importante país
ubicado en el Golfo de Guinea en el África occidental, rico en petróleo, con
importantes gasoductos que llegan al Atlántico, rico también en gas y en la
industria petroquímica. Es el más poblado del continente africano y forma parte
del envidiado N-11, designación del grupo de países con mayores posibilidades
de inversión en el futuro.

Su “grieta” social es
inmensamente más amplia que la de los argentinos. En su territorio, conviven
250 grupos étnicos, con una gran mayoría de musulmanes en el norte
pertenecientes a la etnia hausa-fulani y los yorubas, con una gran masa de
cristianos, que predominan en el sur. Agreguemos, y no como un dato de color, que
se eligió el inglés como el idioma oficial en un intento de homogeneizar un
país que tiene más de 500 lenguas vivas. Con una población que llega a los 175
mil millones de habitantes, séptimo país más poblado del mundo, con un 75% de
ellos viviendo en zonas rurales de la agricultura y ganadería en pequeña
escala. Tiene además importantes problemas vinculados con la salud; solo como
ejemplo, hace algunos años, casi el 50% de los casos de poliomielitis en el
mundo fueron registrados en este país. Linda además con países afectados por el
virus del ébola, y existe siempre la posibilidad de una epidemia generalizada
por la pobre infraestructura sanitaria. Posee además una de las tasas de
natalidad más altas, y se calcula que a mediados del presente siglo superará
los 250 millones de habitantes.

En ese complejo mundo de
odios tribales que se registran desde hace siglos, la secta terrorista
Boko-Haram llegó a la primera plana de los medios de todo el planeta cuando
hace ya más de tres meses tomó prisioneras a 300 adolescentes de un colegio del
estado de Borno, cuyo paradero se ignora hasta hoy. Cientos de miles de
personas se han manifestado alrededor del mundo, desde la primera dama
estadounidense Michelle Obama hasta la joven activista paquistaní Malala
Yousafzai, junto con otras docenas de famosos que ruegan por una respuesta de
estos fundamentalistas que amenazan vender a las niñas como esclavas en el
desierto. Con este accionar despiadado, mostraron al mundo su irracionalidad.
Hasta Al-Qaeda tomó cierta distancia frente a un hecho condenado tan
rotundamente por toda la humanidad. El accionar de este grupo de fanáticos
había dado muestras de su ferocidad antes de este hecho y continuó incluso
después de él, con características similares, sembrando muerte y destrucción.
En estos días secuestraron a la esposa del viceprimer ministro de Camerún,
junto a otras familias, transformando ese lugar de la frontera en una zona de
confrontación y violencia permanente.

Boko-Haram llegó hasta
estos extremos luego que su líder y fundador Ustaz Mohamed Yusuf muriera en el
2009, en un enfrentamiento o ejecutado según la versión que uno quiera
escuchar, y que tomara el mando del grupo Abubakar Shekau. La organización,
cuyo nombre significa “la educación occidental es pecado”, intenta establecer
un estado islámico fundamentalista en el norte de su país y lograr la
imposición general de la sharia; ese es su gran objetivo y significa la
aceptación de un código de justicia informal que hoy solo es bien recibido por
reducidos sectores del norte del país.

Resulta difícil para los
analistas internacionales imaginar un pronto fin a esta situación, Nigeria se
perfila como un posible país líder del progreso en el futuro y deberá encontrar
una respuesta para lograr la paz si desea que esas proyecciones se puedan
cumplir. Muy concretamente, hay un interrogante fundamental que debe ser
develado en un tiempo relativamente cercano. El N-11 es una denominación que
utilizó en el 2005 el Banco de Inversiones Goldman Sachs para los 11 países con
más promisorio futuro para su crecimiento económico en el siglo XXI. Acompañan
a Nigeria, Corea del Sur, Egipto, Filipinas, Bangladesh, Indonesia, Irán,
México, Paquistán, Turquía y Vietnam. Casi todos los países nombrados conviven
con serios problemas. En Nigeria, la nación que hoy nos ocupa, no se puede
pensar en un desarrollo económico con injerencia a nivel internacional,
conviviendo con la inestabilidad provocada por un terrorismo demencial. Un
futuro venturoso debe estar acompañado por estabilidad política y, además, por
una estructura social más equilibrada y que asegure la convivencia
interreligiosa.

En Nigeria aplican como
en ningún otro caso las espontáneas palabras del Papa Francisco en su mensaje
de hace pocos días para los deudos del atentado terrorista en la AMIA: “El
terrorismo es una locura”.

Detener esa locura es
responsabilidad de la dirigencia política de Nigeria y, por el grado de delitos
de lesa humanidad que allí ocurren, también es responsabilidad de los
dirigentes de toda la comunidad internacional.